
Toda ficción supone, en cierta medida, una mentira. Dicho no con el ánimo de desacreditar el acto creativo sino con el sentido que tiene esa palabra en su acepción de “cosa que no es verdad”. Y la ficción es un artilugio creativo del artista que le concede entidad al libro o al film, pero no es, en sí, la realidad sino más bien una convención que el lector o el espectador entiende existe solo en el texto y en la película. Mas, no en la realidad.
Y qué decir, entonces, cuando la propia ficción se nutre de la historia de un mentiroso?. Cuando el propio protagonista, eje central de toda la trama, es un farsante patológico. El desafío consiste en desentrañar de todas las acciones y afirmaciones que ha ido constituyendo en el transcurso de su vida, cual es real. Y entre todas ellas, esclarecer, fundamentalmente, su participación real en la muerte de su mujer. Lo que se convierte en una auténtica ordalía.
De eso trata “La escalera” (2022), serie de ocho capítulos de una hora de duración cada uno, dirigidos seis de ellos por Antonio Campos y por Leigh Janiak los otros dos. La serie se basa en la historia real de Michael Peterson, un novelista, columnista de periódicos y veterano de la marina en la guerra de Vietnam, licenciado con honores en 1971. Su participación en la guerra promovió que publicara tres libros ambientados en el sudeste asiático: “El dragón inmortal”, “Tiempos de guerra” y “Una paz amarga”.
Michael Peterson había nacido en Nashville, Tennessee en 1943. Luego de recibido trabajó para el Departamento de Defensa y estando destinado en Alemania Occidental, en 1968, se casó con Patricia Sue, una profesora. Tuvieron dos hijos, Todd y Clayton. La pareja se hizo amiga de la familia Ratliff (George y Elizabeth y sus dos hijas Margaret y Martha). George murió en una acción militar y Elizabeth en su casa, en una situación dudosa. Por la relación que mantenían ambas familias, Michael obtuvo la tutoría de Margaret y Martha. Michael y Patricia finalmente se separaron. En 1986, ya en Estados Unidos, Michael conoce a Kathleen, una ejecutiva de telecomunicaciones y se casan en 1997. Kathleen tenía una hija, Caitlin Atwater, de un matrimonio anterior.
En la noche del 9 de diciembre de 2001, Kathleen Peterson, es encontrada por Michael, gravemente herida al pie de la escalera de su casa de Durham en el estado de Carolina del Norte, en los Estados Unidos. Michael llama angustiado al 911 cuando, aparentemente, su mujer se encontraba aún con vida. Sin embargo, casi en el mismo momento, le dice a su interlocutor en la urgencia, que ella había fallecido.

Cuando arriban a la casa de calle Cedar 1810 en Durham, la ambulancia y los paramédicos y más adelante, la policía; Michael declara que había estado descansando junto a Kathleen en unas reposeras al borde de la piscina. Que Kathleen, arguyendo que debía contestar unos mails del trabajo, fue hacia el interior de la casa, mientras él se quedaba en el lugar, fumando. Afirma que Kathleen había estado tomando alcohol y habitualmente ingería Valium. Cuando Michael entra a las habitaciones, la encuentra moribunda al borde de una escalera. En la cocina se encuentran una botella de vino y dos vasos, pero ninguno de ellos tenía las huellas dactilares de Kathleen. Por otra parte, Kathleen vivía momentos de gran dificultad en su trabajo. El cuadro de situación, la eclosión de la burbuja financiera por efecto del dios mercado, la había perjudicado severamente, repercutiendo en su economía familiar.
A partir del hecho luctuoso, nada parece ser lo que es. Los hechos no aparecen del todo claros y las afirmaciones de Michael generan mayor duda. Respecto a un eventual homicidio, no se encuentra el supuesto arma ni hay registros de sangre en la ropa de Michael. No obstante, es imputado del asesinato de su esposa, por lo que contrata un acreditado abogado penalista para que lo defienda en un juicio que, desde un primer momento, va configurando su culpabilidad. La circunstancia de que, hacía poco tiempo, había participado de una contienda electoral siendo derrotado, le suma cierta ambigüedad al comportamiento de los factores de poder.
Los guionistas en los sucesivos capítulos desarrollan la tramitación del juicio, incorporando escenas anteriores y las reuniones familiares que se producen a partir del fallecimiento de Kathleen. Esas reuniones, dejan evidencias del sufrimiento profundo que, tanto los hijos propios como los adoptados, experimentan y esos encuentros, almuerzos y cenas sirven para elucubrar una estrategia en el juicio. Participan, alternativamente, tanto los hijos propios de Michael, Todd y Clayton, como las adoptadas, Margaret y Martha y Caitlin, la hija de Kathleen, junto con el abogado David Rudolf y su equipo.
En esas reuniones se conjuga la continencia ante la adversidad a la que es paulatinamente sometido Michael con la recurrente aparición de interpretaciones y recuerdos que, tanto algunas de las jóvenes, como, luego en el transcurso del juicio, las hermanas de Kathleen procesan como determinantes de la conducta mendaz que ha tenido Michael en la relación con su última esposa, según su interpretación.

Además, en la trama, se introducen circunstancias que pudieron (o no) haber sucedido, dada la falta de credibilidad que ha generado el escritor en sus procederes. Surge que el supuesto valor que le permitió tener una condecoración en la guerra surgía de una mentira. O que ha mantenido durante toda su vida relaciones homosexuales que, no queda del todo claro, eran conocidas por Kathleen. Trasciende, también, que Elizabeth Ratlif falleció en 1985, en circunstancias muy parecidas a Kathleen, cuando Michael vivía en la casa contigua en Alemania.
De igual forma, en las reuniones en la casa y en las audiencias del juicio participan el cineasta francés Jean-Xavier de Lestrade y un ayudante que filman escenas para un documental que en el 2004 fue estrenado y que luego completaran con lo acontecido posterior al juicio en 2017. Sophie Brunet, editora del documental, desde Paris se mantiene al tanto de todas las vicisitudes que se van produciendo y en la distancia se comunica, primero mediante cartas y luego incluso, abandona su familia y se establece en Durham para acompañar a Michael, de quien se ha enamorado.
De Lestrade en los 13 episodios que conformó el reality documental (8 en la primera parte y 5 en la segunda) registró desde pocos días después del episodio fatal los movimientos de la familia Peterson hasta la sentencia final del 10 de octubre de 2003. Luego más adelante siguió vinculado con el tema y finalmente, luego de 15 años, afirmó: “Es, ante todo, una reflexión sobre la Justicia”. De Lestrade había obtenido un premio Oscar al Mejor Documental en 2001, por “Un culpable ideal” acerca del caso de Brenton Butler, un joven afroamericano de 15 años que fuera arrestado y juzgado injustamente por el asesinato de una turista para luego ser absuelto en Jacksonville, Florida. El documental sobre Peterson, motivó a Antonio Campos (director, entre otros films, de “El diablo a todas horas” basado en el libro de Donald Ray Pollock) a desarrollar el guion de la serie.
Por otra parte, en la serie, las numerosas elipsis van sumando los giros y saltos en el tiempo oportunos y adecuados para generar un clima de permanente incertidumbre, sospecha e incredulidad. La intervención de la hipótesis del ataque de un búho esgrimida por un vecino como posibilidad, incorpora una dosis de inquietud adicional respecto a los hechos que, pudieron haber pasado.
Las vueltas en el trámite judicial comprenden una condena, la revisión de la misma ante un testimonio falso de un analista policial, la libertad condicional de Michael hasta llegar a una sentencia final con la aceptación de este de un homicidio voluntario. Lo hace en función de un artilugio judicial que implica un acuerdo con la fiscalía (conocida como la declaración de Alford -a partir del caso “Carolina del Norte vs. Alford” de 1970 -el Estado del país donde se llevó a cabo el juicio), al reconocer el imputado que con las pruebas allegadas por los testigos y la fiscalía un jurado podría declararlo culpable, aunque él siga manteniendo su declaración de inocencia.
La eficacia de la serie está determinada por la propiedad con que Campos y Leigh han realizado los ocho capítulos de la serie a partir de un constante suspenso y una alternancia de situaciones, sumado a una actuación excepcional de Colin Firth en el papel de Michael Peterson. La gran virtud de Colin Firth en esta serie, como en sus habituales actuaciones, es que es un actor sumamente versátil, componiendo con notable calidad los personajes y que nunca actúa de Colin Firth, defecto en el que algunos actores y actrices caen. Ejemplos sobran, incluso de encumbrados actores argentinos. Es recordada entre otras, las composiciones que Firth ha efectuado en “El discurso del rey” (2011) por el que obtuvo el Premio Oscar al Mejor Actor; “Solo un hombre” (2010) o “Supernova” (2020) con Stanley Tucci.
La conformación del personaje se convirtió en un auténtico desafío para Firth: “Uno puede tratar de describir a Michael Peterson y caer en la especulación Es alguien muy encantador para algunas personas y para otras, no; él tiene muchos aspectos en su personalidad. Puedes caracterizarlo como un sospechoso de asesinato o incluso como un hombre condenado por homicidio involuntario, o como un soldado, un veterano de guerra, o como una figura política. Él ha sido todas esas cosas y esas cosas parecen seguir girando u operando de alguna manera en su cabeza. Creo que es imposible conformarse con una descripción, y tal vez eso se aplica a todos los seres humanos si uno es lo suficientemente reflexivo al respecto”.
La actriz australiana Toni Colette interpreta a Kathleen; la extraordinaria actriz francesa Juliette Binoche, ganadora de un premio Oscar y un Oso de Plata en el Festival de Berlín por “El paciente inglés” (1997), película en la que también participaba Colin Firth, es Sophie Brunet; Michael Stuhlbarg, habitual intérprete de papeles secundarios, personifica a David Rudolf, el abogado defensor y Vincent Vermignon es Jean-Xavier de Legrade, el director del reality documental, se destacan entre el numeroso elenco de la película.
En el típico esquema norteamericano de las películas o series de audiencias judiciales, las inquietas dudas que se generan durante el largo lapso del tiempo en el que se desarrolla el proceso no hacen más que sembrar interrogantes respecto a la justicia, en general, y al más adecuado ejercicio de la misma en hechos mediatizados al extremo y sometidos a un procedimiento de juicio por jurados. Sobre todo, en ese particular contexto, cuando los encargados de establecer que se haya demostrado más allá de toda duda razonable la culpabilidad del acusado son personas que, a diferencia de los jueces, no tienen la suficiente preparación técnica ni la especialización adecuada para ello. “La escalera” es una serie que permite reflexionar sobre ello, pero además respecto al efecto que el tiempo sin definición de su situación produce en el imputado que, independientemente de su propia personalidad, clama por su inocencia.