
El arte es un instrumento insustituible para comprender la historia. Pensar y reflexionar a partir de los relatos e interpretar los avatares de las sociedades y de las personas inmersas en las mismas, es un ejercicio intelectual que, muchas veces, permite advertir la vinculación entre hechos pretéritos y consecuencias posteriores.
Pero, además, es un eficaz mecanismo para discernir comportamientos, costumbres, realidades enmarcadas en su propio contexto. Y en virtud de esa comprensión, vislumbrar las evoluciones o (más actualmente) involuciones que las sociedades se exponen a desarrollar. Y a partir de mantener la memoria, aunque sea una frase hecha, interpretar el presente. Como dice Almudena Grandes, “es un error pensar que la memoria solo tiene que ver con el pasado. Tiene que ver con el presente y con el futuro; si no sabemos de dónde venimos no podremos saber quiénes no queremos ser”.
El 27 de enero de 1901, fallecía en Milán, Giuseppe Fortunino Francesco Verdi, el compositor de ópera más reconocido en Italia y, posiblemente, uno de los más importantes músicos de la historia. A través de casi noventa años compuso las óperas que dieron realce al género en la península itálica.
Ese mismo día fue el elegido por Bernardo Bertolucci para ubicar el nacimiento, al mismo tiempo, de dos niños en la hacienda Berlingheri, en los alrededores de Busseto (a la sazón, pueblo natal de Verdi) en la Emilia-Romagna (a la vez, región de donde era oriundo Bertolucci). Bertolucci había nacido en Parma, pero su infancia la pasó en Baccanelli, un pequeño poblado cercano a su ciudad natal, donde incluso rodó un cortometraje semi documental “La morte del maiale” en 1956.
Los niños nacidos eran Alfredo, nieto del dueño de la hacienda y Olmo Dalcò, nieto de Leo, capataz y portavoz de los trabajadores del campo y del que ni siquiera se sabe quién es su verdadero padre.

Ese momento es el inicio cronológico de “Novecento”, gigantesco fresco cinematográfico que Bernardo Bertolucci realizó y estrenó en 1976. La película fue presentada fuera de competencia el 21 de mayo de ese año en Cannes y el 28 de agosto en Venecia. En la Argentina, por razones más que obvias, recién se la conoció el 24 de febrero de 1983.
Por su larga duración (inicialmente 6 horas y media y luego reducida a 5 horas y 17 minutos), Bertolucci la dividió en dos partes para su exhibición comercial y fueron estrenadas con meses de diferencia entre sí. La película comienza con el día de la liberación, el 25 de abril de 1945, cuando finaliza la guerra en Europa. “Es una jornada en la que se realiza todo aquello por lo que se ha luchado desde que el siglo nació”, ha declarado Bertolucci. Los que inicialmente eran niños, a ese día, eran hombres que mantenían su ubicación social. Alfredo Berlingheri era el terrateniente y Olmo Dalcò, el campesino. Habían compartido la crianza en la misma hacienda, pero no dejaron de pertenecer a sus clases sociales de nacimiento.
La relación entre Alfredo y Olmo durante todo el film, evidencia no solo las diferencias de clase sino también los cambios políticos que se producen en Italia y el entrelazamiento de las ideologías que predominarán durante gran parte del siglo XX. No permanece ajena la migración que las dificultades económicas del fin del siglo anterior habían impactado en Italia. La hermana de la madre de Alfredo y su hija Regina son acogidas en la finca, porque su esposo migró a Sud América.
Así, el joven Olmo se incorpora al ejército italiano para combatir en la Primera Guerra Mundial, mientras Alfredo permanece en la hacienda, aprendiendo a administrar la empresa familiar, merced al pago que su padre hizo para mantenerlo en la casa. Al finalizar la guerra, se reincorpora Olmo. Un nuevo capataz, Attila Mellanchini, simpatizante fascista ejerce un poder extremo maltratando a los empleados. Llega incluso a asesinar a un niño en el día de la boda de Alfredo. Olmo se enfrenta a tales procederes y encabeza las protestas obreras, simpatizando con el comunismo.

La actitud despótica de Attila no es moderada por Alfredo. Por el contrario, mansamente cede ante el poder del partido de Mussolini y los abusos llevados adelante por Attila, en un marco donde los socialistas son perseguidos. Ada, la esposa de Alfredo, envuelta en consumo de alcohol, no soporta la actitud impasible de su marido y genera sus celos porque se acerca a Olmo, incluso coincidiendo con la posición política de éste. En una actitud que recuerda la serie “Mussolini”, los “camisas negras” atentan contra la habitación de Olmo. Alfredo termina despidiendo a Attila y por represalia los fascistas matan a varios trabajadores.
Al terminar la Segunda Guerra y caído el fascismo, Attila es encarcelado, confiesa sus crímenes y es ejecutado. Las milicias populares, en concordancia con los trabajadores van contra Alfredo, tomándolo como referencia de los patrones que se aprovecharon de la política fascista para ganar más dinero a costa del trabajo de sus operarios, condenándolo a muerte. Olmo termina intercediendo para que esa tragedia no se concrete.
La llegada de los partisanos, luego del juicio, héroes para una Italia a recuperar, obliga a los campesinos a retornar a sus vidas habituales. Las banderas rojas preanunciarían el advenimiento del comunismo en la Italia posterior a la guerra. No obstante, no dejan de ser un prólogo de algo que nunca ocurriría. Nunca el comunismo fue gobierno en Italia.
“Novecento” se atreve a hacer afirmaciones trascendentales sobre la política italiana a lo largo de más de medio siglo, y termina con sus dos personajes principales, ahora ancianos, arrastrando los pies por el camino. Alfredo y Olmo, nunca dejaron de ser amigos, siguen discutiendo y manteniendo sus posiciones, las mismas de toda su vida.

Bertolucci en el libro “Bertolucci por Bertolucci”, afirma “Novecento era para mí, en primer lugar, el intento de llenar el vacío, de recuperar una continuidad cultural en el hilo del tiempo, de salir de la terrible amnesia colectiva de la que éramos víctimas. Tiempo significa historia y Novecento pretendía ser una película sobre el tiempo y la historia. Olmo y Alfredo eran también el tiempo y la historia, enemigos y enamorados, un poco ridículos, tanto en su amor como en su odio”.
El director se encontraba en un momento de gloría. Cuatro años antes había estrenado la extraordinaria “Último tango en París”, aclamada por la famosa crítica Paulina Kael como el acontecimiento artístico más importante desde “La consagración de la primavera”. En 1970, sobre un texto de Alberto Moravia había realizado “El conformista” y “La estrategia de la araña” a partir de un cuento de Borges. Alberto Grimaldi, productor italiano de numerosas películas del cine europeo de esos años, sobre todo, de los westerns spaghetti; de algunas películas de Fellini, Visconti y Pontecorvo y de “Último tango en París”, financió “Novecento” y permitió que una pléyade de grandes actores y actrices participaran. Robert de Niro que venía de ser uno de los protagonistas de “El padrino II” (1974), obteniendo su primer Oscar como Actor de reparto, y de “Taxi Driver” (1976), es Alfredo Belingheri. La actuación de de Niro en la película de Coppola lo convenció a Bertolucci que había pensado inicialmente a Jack Nicholson para ese papel. Gerard Depardieu es Olmo. Actúan también los veteranos Burt Lancaster y Sterling Hayden; Donald Sutherland como Attila y las actrices Stefania Sandrelli y Dominique Sanda, además de Laura Betti y Alida Valli formaron parte del elenco.
La filmación de la película llevó más tiempo y dinero de lo presupuestado. Comenzó en julio de 1974 y se extendió hasta septiembre de 1975. Y de 6 millones pasó a costar diez millones de dólares. Vittorio Storaro, que también había participado en “Último tango en París” fue el director de fotografía y Ennio Morricone compuso la música incluyendo melodías de óperas de Verdi. Los créditos iniciales incluyen “El cuarto estado” la conocida obra de realismo social de Giuseppe Pellizza da Volpedo sobre una huelga campesina de inicios del siglo XX que se expone en el Museo del Novecento de Milán. El cuadro es un retrato colectivo, la unión de un grupo de trabajadores, en una marcha lenta, tranquila, pero decisiva en procura de defender sus derechos. Una ambición que se tenía definida y se consideraba posible y próxima y cincuenta años después, se vislumbra utópica y, para algunos, perimida.
Bertolucci escribió el guión conjuntamente con su hermano Giuseppe y Franco Arcalli. Giuseppe, además de escribir el guión de la película de Bernardo “La luna” (1979), dirigió más de treinta films y Arcalli, además de ser el editor de varias películas de Antonioni, de Sica, Cavani y Zurlini compartió el guión con Bernardo Bertolucci en “Último tango en Paris” (1973).