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A menudo se afirma que el escribir es expresión de catarsis de angustias, algunas metafísicas, otras más mundanas. Que la necesidad de volcar en palabras inquieta severamente la psicología de las mentes. Y resulta imprescindible hacerlo, aún a riesgo que lo escrito quede a resguardo de miradas ajenas.

Y la poesía, en particular, es un instrumento de desahogo, de derrame, de efusión caudalosa del interior lacerante y así emerge, naturalmente, una conjunción de sentimiento, necesidad y respuesta que, volcado en palabras, surge, frecuentemente, cadencioso.

A propósito, Alejandra Pizarnik ha dicho: “Puede ser (…), que, dada mi escasa facilidad de expresión oral, apele al papel de no atragantarme, para escupir el fuego de mis angustias”. Era una manera de exteriorizar una sensibilidad que la apremiaba en su interior. “Pero hace tanta soledad/ Que las palabras se suicidan” predecía un desenlace vislumbrado casi inevitable.

Flora Pizarnik Bromiker nació el miércoles 29 de abril de 1936 en Avellaneda en un hogar de judíos ucranianos, originarios de Rivne, ciudad al Noroeste de Ucrania al borde del río Ustia y que habían arribado a la Argentina, escapando del horror que se avecinaba en Europa. Flora (Blímele en sus años infantiles) adoptó el Alejandra con el que fue conocida al comenzar a publicar poesía. La tragedia del holocausto impactó en los Pozharnik (apellido original del padre de Alejandra) y Bromiker (de la madre) ya que en su mayor parte fueron asesinados en los campos de concentración. 

La sombra del nazismo y la Segunda Guerra Mundial influyeron en la conformación de las angustias infantiles, expresado en miedos “Yo no sé de la infancia/ más que un miedo luminoso/ y una mano que me arrastra/ a mi otra orilla”. Esa dolorosa recuperación de su infancia Alejandra Pizarnik lo vuelca en “La última inocencia” (1956) y en “Las aventuras perdidas” (1958). 

En esa infancia la tensión sentimental que anidaba en el hogar de los Pizarnik derivada de una familia exiliada, alejada del resto de sus afectos, era mayor para Alejandra por cierta discriminación que ejercía, principalmente, su madre en función de la fragilidad física que evidenciaba por sus crisis asmáticas y una tartamudez que afectó su carácter. Sumaba una exagerada preocupación por su peso corporal que, incluso, lo mantuvo durante toda su vida y que, en cierta medida, la volcó a los fármacos. Tenía una fragilidad que la condicionaba frente a la realidad. Además, la diferencia que marcaba su madre, Rosa Bromiker, con Miryam, su hermana mayor, rubia, educada y hermosa, la figura de la hija perfecta. Y es por eso que, en esa etapa se sentía fuera de lugar y consideraba nostálgicamente a la infancia como una etapa perdida. 

Su padre, en cambio, la protegió y buscó que por medio de la terapia del psicoanalista León Ostrov (a quien Alejandra le dedicó el poema “El despertar”, de sentida significación elucubrando respecto a la muerte, al suicidio, al miedo) y costeó la publicación de su primer libro “La última inocencia”.

Alejandra en su adolescencia anárquica y vacilante se interesa por la filosofía, la poesía y el existencialismo. A los 18 años se forma en periodismo. En 1955 actuó como reportera en el Festival de Cine de Mar del Plata, en lo que sería una de sus escasas actividades periodísticas dedicándose en adelante, en lo literario, solamente a la poesía. Estudia Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires, lo que también genera reproches por parte de su madre, que pretendía estudie medicina o derecho. Uno de sus principales profesores en la Universidad, Juan Jacobo Bajarlía, corrigió sus primeros textos y favoreció la publicación de sus libros, presentándole al editor Arturo Cuadrado. 

En otro sentido, se interesa por la pintura, tomando clases con el pintor surrealista Juan Batle Planas, autor del mural cerámico del hall de ingreso del Teatro General San Martin, en Buenos Aires. El surrealismo que tomó de Batle Planas se percibe en la composición metafórica de algunos de sus poemas. Más adelante, se interesó por las pinturas de Marc Chagall y Mercedes Varo. Además, durante toda su vida dibujó.

El 31 de diciembre de 1959, Alejandra Pizarnik viaja a Paris. Permanece hasta 1964 estudiando a Lautréamont y Artaud e involucrándose en tertulias literarias donde conoce y se reúne con Elvira Orphée, Ítalo Calvino, Octavio Paz, Rosa Chacel, Yvonne Bordelois, Simone de Beauvoir y Julio Cortázar, con quien tuvo una estrecha relación. (Cortázar dijo que Alejandra era la Maga de Rayuela), En esos años, trabajó gracias a Octavio Paz en la revista” Cuadernos” y el mexicano prologó su libro “Árbol de Diana” (1962) y colaboró con otros medios, como Les Lettres Nouvelles y otras revistas europeas y latinoamericanas como la Revista Nacional de Cultura de Caracas donde dio a conocer “Humor y poesía en un libro de Julio Cortázar”. Publicó poemas y críticas en varios diarios y tradujo al castellano a Antonin Artaud, Marguerite Duras, Henri Michaux, Aimé Cesarité, entre otros autores franceses. Y estudió Literatura Francesa e Historia de la Religión en La Sorbona. 

Su retorno a Buenos Aires incrementó su coqueteo con la muerte. Sus intenciones suicidas llevaron a internaciones y tratamientos. Por otra parte, en 1965 publica “Los trabajos y las noches” con el que recibe el Primer Premio Municipal de Literatura en la categoría Poesía y el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes. 

La búsqueda de la palabra y su derivación fue un empecinamiento elegido y procurado por Alejandra: “He sido extranjera/ cuando cerca de lejanas luces/ he atesorado palabras purísimas/ para crear nuevos silencios”. Y en esas palabras se sumerge, se esconde, se guarece: “Me ocultaré en el lenguaje/ y el porque/ es que tengo miedo”. Sentencia: “Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa”. Quedó, en cierta medida, atrapada de las palabras, con las que experimentaba con una rebeldía que no solo era literaria “Las palabras me hubieran podido salvar, pero estoy demasiado viva”.

En ese sentido, el ensayista y poeta mexicano Miguel Ángel Flores ha afirmado que “La cualidad más notable de los versos de Alejandra Pizarnik es la tensión a la que somete las palabras, esa tensión deriva de una intensidad poética quemante. Lucidez para mirar dentro de sí misma, lucidez para advertir los signos de un mundo amenazante, lucidez para elegir la palabra exacta y su contorno”.

La sorpresiva e inesperada muerte de Elías Pizarnik, el padre de Alejandra, la sumió en una mayor depresión, acrecentando su inquieto coqueteo con la muerte. “Muerte interminable, olvido del lenguaje y pérdida de imágenes. Cómo me gustaría estar lejos de la locura y la muerte (…) La muerte de mi padre hizo mi muerte más real”, escribió.

Hacia fines de 1968 colabora con la revista “El cielo” dirigida por sus amigos Arturo Carrera y un muy joven César Aira y en la cual, en sus tres números escribieron, entre otros, los directores; Olga Orozco, Ernesto Sábato, Edgardo Cozarinsky, Roberto Juarroz, Marta Minujin y Luis F. Noe. Publica “Extracción de la piedra de locura”, con proliferación de metáforas y espacios de reflexión, con un estilo propio anticonvencional. Y, por otra parte, Pizarnik, en otro desafío a la sociedad y las costumbres de esa época, con extravagancia y rebeldía, se va a vivir con su pareja, la fotógrafa Martha Isabel Moia.

Es posible consignar varios desvelos desde el propio comienzo de la carrera literaria de Pizarnik. La búsqueda de la propia identidad, sometida a la emigración de sus ancestros y la ubicación de ellos en un territorio lejano a sus orígenes; la esquematización de la subjetividad; la infancia abandonada y la compleja fascinación de la muerte. No escapa a pergeñar al romanticismo como camino de búsqueda. Y a su vez, evocado como exaltación de la noche, de la soledad o de la muerte. La noche como amiga, el sol, como algo amenazante: “Quizá la noche es la vida y el sol la muerte”. “Alguna vez/ alguna vez tal vez/ me iré sin quedarme/ me iré como quién se va”. En particular, se interesa por las fuentes intrínsecas de los románticos alemanes y los poetas franceses. En particular, a partir del libro “El alma romántica y el sueño” del filólogo y crítico literario suizo Albert Béguin. 

El prestigio de Pizarnik comenzaba a extenderse. Prueba de ello fue la concesión de la beca Guggenheim en el año 1969 y en 1971, la beca Fullbright del Departamento de Estado de los Estados Unidos.   

La socióloga y educadora, doctora en Educación y autora de más de 22 libros Beatriz Fainholc, directora también de la ONG CeDiProE (Centro de Diseño, Producción y Evaluación de Recursos Multimediales para el Aprendizaje) la ha definido como “una poeta maldita” y afirma “sus obras profundas y originales, tanto en libros como en poesía, demostraron una gran exposición provocadora de una discusión existencial, de la soledad y angustia”. “Los rasgos del sufrimiento, la tristeza y el dolor, de gran intensidad emocional impregnaban todo su pensamiento”.

Más allá que seguía publicando, no pudo superar sus fantasmas. Estuvo tres veces internada en instituciones psiquiátricas. Sus amigos procuraban contenerla en sus noches, en las que le costaba dormir. “El poder poético es tuyo, lo sabes, lo sabemos todos los que te leemos (…) Sólo te acepto viva, solo te quiero, Alejandra” le decía en su última carta Julio Cortázar.

En los escritos que dejó grabado en sus diarios, Pizarnik se refería repetidamente a la idea del suicidio. “Estoy en un lugar tan peligroso que no tengo fuerzas para tener miedo. (De súbito, recuerdo que V. Woolf se suicidó.) La idea de suicidio me persigue. Suicidarme en París para no ser enterrada en una ciudad que detesto, y que me parece detestar menos, paradójicamente, desde que P. R. huyó o se escondió”.

En un fin de semana de septiembre de 1972, cuando había salido de una internación, en el departamento de calle Montevideo 980 en Buenos Aires, propiedad de su madre y en el cuál Alejandra vivía, cincuenta pastillas de secobarbital, un poderoso barbitúrico para tratar el insomnio terminó con su vida. “No quiero ir/ nada más/ que hasta el fondo” quedó escrito en un pizarrón.