
El arte es una necesidad vital, decía Robert Bresson. Y el artista persigue el instrumento o la herramienta que compatibilice su concepción de la vida y de la condición humana en el hecho artístico que moldee su pensamiento y su idea.
De esa forma, también, puede utilizar hasta su propio cuerpo para expresarse. En parte, en las perfomances es frecuente que el artista se involucre hasta niveles insospechados, en procura de enfatizar la importancia de la realidad en la obra artística.
Giuseppina Pasqualino di Marineo (Pippa Bacca) era lo que se considera una activista del arte, que es aquella persona que cree en la función social y política del arte y a los efectos de conmover a la sociedad, realiza acciones que implican una participación personal directa e intensa y que a la vez, implica conflicto, compromiso y peligro.
Era sobrina de Piero Manzoni, un artista desafiante, polémico y mordaz, quien, con una actitud irónica respecto al arte conceptual y al mercado en general, afirmaba que todo lo que producía un artista (cualquiera sea su método, y su expresión) era arte; formó parte del “grupo Zero”, y del “Movimiento Nucleare” que fuera fundado en 1951 por Enrico Baj y en el cual Manzoni tuvo una estrecha vinculación con Lucio Fontana. Cabe recordar que Fontana, rosarino de nacimiento es el autor de las esculturas “Muchacho del Paraná”, una de cuyas está exhibida en el Museo Castagnino de Rosario y otra en la Sala “Lucio Fontana” del Museo de Artes Visuales de Concordia.
Retornando a Pippa Bacca, en el año 2008 a sus 33 años, decidió viajar haciendo dedo, cubierta con un tradicional vestido blanco de novia de siete capas de tela, unos pocos enseres y una mochila, desde Milán con destino a Jerusalén, con la intención de atravesar Eslovenia, Croacia, Bosnia Herzegovina, Serbia, Bulgaria, Turquía, Siria, el Líbano, Palestina y la propia Israel. Todos países que habían pasado, en esos años, por conflictos armados. La artista quería llevar y transmitir un mensaje de paz.

El vestido blanco se iba ensuciando y magreando en los sucesivos autos y camiones a los que se subía Pippa. Incorporaba las manchas derivadas del sudor, del polvo del camino, de los lugares en que pernoctaba. Con una pequeña olla de cobre lavaba los pies a las parteras que conocía en su viaje, agradeciéndoles, de esa manera, su ayuda al momento de dar vida. Era, al anteponer la vida a la muerte, su manera de integrar el arte, en una realidad, con el sentido de perfomance, haciendo foco en como las acciones de los hombres, sobre todo en las guerras, atentan con la propia integridad del ser. Y en el mismo sentido, intentaba expresar su voluntad de confiar en las personas, sumándose a todo vehículo que se detuviera cuando hacía “dedo”. Procuraba en ese despliegue, trasmitir y difundir la idea del bien. Convencida de expresarse. En cierta medida como dice Fedor Dostoievski, “La necesidad de la belleza y del arte que la hace realidad es inseparable del hombre”. O con el alcance de lo expresado por Susan Sontag “La obra de arte, considerada simplemente como obra de arte, es una experiencia”. En fin, llamar la atención, poniendo el cuerpo.
Y tanto lo puso que, habiendo partido el 8 de marzo de 2008 desde Milán, no pudo llegar a su destino final, Jerusalén, porque el 31 de marzo desaparece. Rastreando su tarjeta de crédito se llega a Murat Karatas que, una vez detenido, confiesa haberla violado y matado en un matorral cerca de Gebze al sur este de Estambul, luego de recogerla en su auto.
Nathalie Léger, nacida en 1960, es escritora y directora de L´Institut Mémoires de l´edition contemporaine, entidad que reúne archivos y estudios relacionados con las principales editoriales francesas y es también comisaria de arte. Léger toma conocimiento de la historia de Pippa, investiga el hecho. Para ello, también considera el documental “La novia” (2012) del director francés Joël Curtz que incluye partes de un video que estaba filmando Pippa en su viaje y que fuera producido por Le-Fresnoy-Studio National des Arts Contemporains.
Basado en esos antecedentes Léger escribe en 2018 “El vestido blanco”. Con él cierra una trilogía acerca de mujeres, que había iniciado con “La exposición” sobre la condesa de Castiglione, modelo de fotografía del siglo XIX y “Sobre Barbara Loden”, una cineasta pionera del feminismo.
En “El vestido blanco” la autora aborda la conformación de la perfomance como expresión artística y estética, en función de mujeres que también, como Pippa, pusieron el cuerpo. Los casos a los que se acerca, son, entre varios, los de Carolee Schneemann, Marina Abramovic y Yoko Ono. Ésta última en una muestra que se vio, hace unos años, en el Museo Malba de Buenos Aires y en otras ciudades. Son exposiciones que provocan perturbación e incomodidad en los espectadores. Y descorre el velo respecto a la contrariedad que se genera.

Pero, no es solo eso. Es, además, la relación de Nathalie con su madre. Y la propia historia de su madre, miembro de una familia aristocrática venida a menos y abandonada por el padre de Nathalie. En la época en la que se produjo la separación de la pareja (octubre de 1974), la mujer, en Francia, no era considerada con respeto al momento de un divorcio, dado que no existía el divorcio de común acuerdo en ese país y por lo tanto era necesario se determine quién había sido el responsable de ese distracto. Y la madre de Nathalie fue objeto de violencia porque, a partir de testimonios falsos e interesados, se la inculpó de ser la que injurió a su marido (“los numerosos incumplimientos por parte de la esposa de las obligaciones derivadas del matrimonio, que explican e incluso justifican el adulterio” – cuenta la autora respecto a su madre) y fue considerada incapaz. No obstante, se le dio la custodia de los hijos. Dolor que persistió en el tiempo y que aparece en cada charla con su hija, a quien reclama su falta de defensa y/o ayuda en su proyecto de venganza.
La violencia está presente en todo el libro. En la historia de Pippa, en la de la madre de la autora y en el tapiz que permanecía colgado en el comedor de la casa de su madre “El asesinato de la dama”, basado en uno de los paneles de “Historia de Nastaglio degli Onesti” que en 1483 Botticelli pintó por encargo para Antonio Pucci como un regalo de casamiento de su hijo Giannozzo di Antonio Pucci y Lucrezia di Piero di Giovanni Bini y que hoy se exhibe en el Museo del Prado en Madrid.
“Una novia que parte a la aventura bajo un cielo para salvar el mundo”, escribe Léger en su libro. Pippa finalmente muere por creer que el arte tiene un fin sanador y reparador. El cineasta Andrei Tarkovski afirmaba que “el fin del arte es crear un sentimiento de fe y esperanza”. Convencido de ello, según Léger, Pippa no duda en “cuando confiamos, solo nos puede hacer el bien”. La escritora y poeta italiana Alda Merini dijo “Fue un acto de locura suprema, pero es una locura grande y hermosa, que es la locura de los santos, creo yo” y le dedicó un poema: “No sé qué decirte/ yo no creo/ en la bondad de la gente/ ya viví tantas penas/ pero es como si viera a mi alma/ vestida de novia/ que huye del mundo para no gritar”.