Skip to content

Un sinónimo de guerra bien podría ser el término horror. Ernest Hemingway dijo: “Jamás penséis que una guerra, por necesaria o justificada que parezca, deja de ser un crimen”. La humanidad desaparece, lo bestial prevalece. La sociedad desvanece sus convenciones elementales y nada parece tener sentido.

Los intereses de los impulsores de la confrontación subsumen a la tragedia de la destrucción, la subvaloración de la vida humana y la desintegración de los valores y los derechos humanos mínimos. Y cuando todo se deriva de una guerra civil, intestina de una nación o región, la tragedia y la desintegración es mayor.

Noventa años han pasado del fatal inicio de la guerra civil española y ningún pacto de la Moncloa (como bien se ve en estos tiempos) ha podido suturar las lacerantes heridas en una sociedad que ha permanecido cuarenta años en la oscuridad del franquismo.

Muchos libros han aludido directa o indirectamente a los acontecimientos de la cruenta guerra que dividió dramáticamente a España; a los componentes previos y a las consecuencias de la contienda. Téngase en cuenta que para el año 1968 se habían publicado más de 500 novelas con esa temática. Entre tantas, vale considerar, en cuanto a la guerra en sí, a los contemporáneos a ella, “Por quién doblan las campanas” (1940) de Ernest Hemingway y “Homenaje a Cataluña” (1938) de George Orwell y la trilogía de “La forja de un rebelde” (1940-1945) de Arturo Barea. Más próximos en el tiempo, “Soldados de Solamina” (2001) de Javier Cercas y “Pequeñas mujeres rojas” (2020) de Marta Sanz. Respecto a la post guerra lucen los libros de la genial Almudena Grandes, en particular “El corazón helado” (2007) y sus “Episodios de una guerra interminable”, que iban a conformar seis volúmenes, iniciados con “Inés y la alegría” en 2010 y continuaron “El lector de Julio Verne” (2012), “Las tres bodas de Manolita” (2014), “Los pacientes del Dr. García” (2017), “La madre de Frankestein” (2020) y el último inconcluso y no publicado “Mariano en el Bidasoa”.

Recientemente se ha publicado una novela monumental con foco en los tres años que duró la guerra civil española. La adjetivación se vincula tanto por la calidad estética del libro como con el volumen del mismo. “La península de las casas vacías” del joven escritor andaluz, nacido en Úbeda, David Uclés.

La novela es relatada con un narrador no solo omnipresente sino también autoconsciente, de forma tal que en muchas ocasiones, en intervenciones metaliterarias, aparece como integrante explícito en el relato y en otras como personaje atemporal. En un párrafo muy particular, el narrador mantiene un diálogo con Franco. Algunos personajes, incluso, hacen comentarios sobre el narrador y éste habla con el lector, respecto a ellos. Esa particularidad interactiva le otorga una polifacética ambientación y un atractivo peculiar. La intervención del narrador en la historia hace que, en ejercicio de segunda persona anticipe hechos al lector y esa mecánica en nada le quita interés al desarrollo cronológico de la trama.

Otro elemento significativo es la introducción del realismo mágico por parte de Uclés, sin que se pierda una fuerte rigurosidad histórica con la crueldad más infame a flor de piel. A propósito, ha declarado el autor: “creo que en mi caso sí que es el realismo mágico clásico: describir una familia con sus generaciones en las que ocurre cierta fantasía con elementos naturales que les rodean y telúricos, no con elementos fantásticos inventados. También que el pueblo no reacciona ante ellos, sino que los asume como realidad”.

En ese aspecto, Uclés reconoce que “Empecé a leer “Cien años de soledad” cuando tenía 19 años y vi claro que quería hacer algo parecido”. Declara que su primer contacto con el realismo mágico fue a los nueve años cuando su profesor de plástica le dio un fragmento de “Industrias y andanzas de Alfanhuí”, la novela de Rafael Sánchez Ferlosio, considerada la primera novela de realismo mágico en español. También reconoce las influencias de Günter Grass con “El tambor de hojalata”, Salman Rushdie e “Hijos de la medianoche” y “Un lugar llamado antaño” de Olga Tokarczuk, “son ejemplos contemporáneos que cuentan una herida reciente bajo cierto halo onírico”. Su maestro literario es el portugués José Saramago.

La historia de “La península de las casas vacías” es contada a partir de la familia del abuelo de Uclés, Ardolendo (o Arlodendo, por el desliz de algún burócrata, al anotar uno de los hijos) con la centralidad de Odisto, un hortelano, en el pueblo con nombre inventado, Jándula, que el propio autor lo vincula con Quesada, ubicado a 143 kms. de la ciudad natal de Uclés. Odisto, de 50 años y María, de 40, un matrimonio que vive en apenas 25 m2 con sus siete hijos, y un octavo que muere al nacer al inicio de la novela, será una familia diezmada en los tres años de la guerra. El autor tuvo en cuenta relatos de sus abuelos, tíos abuelos y otros familiares que vivieron en esa época. Jándula es un pueblo con mayoría de simpatizantes de la República y es el principal escenario, de muchos otros, donde se expresa la deshumanización, la descomposición social y con la mayor brutalidad comprobable, el espanto esperpéntico de una guerra fratricida en el más literal de los conceptos.

Todo está relatado con una prosa admirable, en capítulos cortos, esquemáticos y circulares. Utilizando un lenguaje refinado y evidenciando un notable estudio histórico, geográfico, político y social. En ello, Uclés invirtió quince años en los cuales iba recorriendo las regiones españolas para relevar con mayor pulcritud el territorio que quería describir. Tanto Galicia, Euskadi, Cataluña, Madrid y la propia Andalucía. En esa diligencia exhaustiva y puntillosa tuvo en cuenta “un calendario de las cosechas de cada época del año, un mapa con la distribución provincial y de carreteras de entonces: el sistema métrico usado antaño y las diferentes monedas que se acuñaron; fotos de los uniformes de cada bando; una lista con los nombres más usados en los años treinta; gráficas demográficas; la evolución de los cargos militares de cada figura emblemática; los dichos más comunes y las canciones que tarareaba el pueblo; carteles propagandísticos de la época, recortes de periódico, los precios de la comida y del ocio en la Segunda República, la mil y una cronologías de las batallas …”

La novela, que fue inicialmente rechazada por diez editoriales, obtuvo varios premios luego de publicada. El texto se disfruta porque la rigurosidad histórica combina con la maravilla del surrealismo y los irremplazables detalles de fino humor, a pesar de ser densa, desafiante, metafórica, muy elaborada sintácticamente; en gran parte, escalofriante, en otra, deslumbrante y requiere mucha concentración y atención en los meandros del desarrollo.

La publicación de “La península de las casas vacías” es más que pertinente en un tiempo en el cual han recrudecido las proclamas reivindicativas de gobiernos que han sido y/o son, de facto o no, dictatoriales; el negacionismo; la defensa de hechos aberrantes y cuyo principal interés es la destrucción o eliminación de las opiniones distintas alterando la verdadera libertad. A tal efecto, en una fuerte declaración, Uclés que tiene 36 años y además de escritor, es músico, dibujante y traductor, recientemente afirmó: “Veo que vamos encaminados de nuevo hacia el barranco o, como decía Francisco Ayala, hacia el tajo. Espero que no surjan dos Españas que se vayan a volver a enfrentar, pero la democracia se está desgastando a nivel mundial, sobre todo en Europa, y creo que vamos encaminados de nuevo hacia dictaduras contemporáneas”. Agrega: “Vivimos en una sociedad de lo instantáneo, citando a Zygmunt Bauman, la sociedad líquida en la que lo instantáneo y el estímulo rápido es lo que determina nuestra forma de interactuar. En lugar de cultivar un espíritu crítico y dedicar tiempo a la lectura, ir a los bares y compartir con los amigos lo que hemos leído, debatir la situación del país, manifestarnos …, nos aislamos cada vez más. Nos informamos en las redes y nos desahogamos allí mismo, sin pisar el mundo real (…) a la élite tampoco le interesa que el pueblo piense. Es complejo. No soy optimista. Me parece que todo va cuesta abajo y que no hay solución, aunque podemos ralentizar la caída”.