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En eso de pintar la aldea en el sentido de la frase de Tolstói hay numerosos ejemplos de literatos que, a partir de abordar lo cotidiano y próximo en el ambiente más cercano, permiten entender a la humanidad toda. Es la conexión de lo particular con lo general. La forma con que se considera el “color local” es variada, responde a la idiosincrasia de cada ámbito, al contexto histórico y geográfico y a la subjetividad del autor. Y no siempre es evidente; muchas veces queda a disposición del lector y éste es el que debe interpretar la universalización de lo particular.

Un elemento imprescindible en esa mecánica es la identificación del autor con su lugar. Así, al referirse a Santa Fe no es posible dejar de considerar a José Luis Saer como un escritor profundamente integrado a esa ciudad, más allá que haya nacido en Serodino, ciudad ubicada en el sur de la provincia. O a otros referentes ineludibles de la ciudad de Santa Fe como Carlos Bernatek, oriundo de la misma. O el también local, Enrique Butti.

Enrique Butti nació en la capital santafesina el 24 de febrero de 1949. Estudió cine en la Universidad Nacional del Litoral y creó el Laboratorio d´Animazione del Centro Sperimentale di Cinematografia de Roma. Es periodista y como tal ha sido el encargado durante muchos años de la sección Cultura de El Litoral, desde su retorno a la Argentina en 1983, luego de vivir algunos años en Italia. Además, ha escrito varios libros de novelas, cuentos, poemas y teatro. Se mantiene activo, de forma tal que recientemente ha publicado su última novela: “Mansito el mundo enroscado a mis pies”.

En lo atinente al color local y pintar la propia aldea, Butti es un exponente al incorporar en sus historias la influencia de la inmigración italiana en la provincia y en la configuración de un lenguaje con giros idiomáticos, frases y términos locales. Su estilo tiene amplia gama de recursos y géneros. Incorpora sarcasmo, humor, desconcierto y simbología en sus narraciones. Por otra parte, le concede significativa importancia al teatro, de forma tal que “entiendo que la piedra filosofal del arte no está ni en la Música, ni en la Poesía, sino en el arte de la actuación, que el actor es el artista por antonomasia”, ha dicho en un reportaje con la revista Gramma.

Ha recibido numerosos premios: Por su novela “Aiaiay” (1986) recibió el del Fondo Nacional de las Artes de Novela. Con dosis de humor, irreverencia y desparpajo satírico algunos críticos lo vinculan con la historia de los gigantes, Gargantúa y su hijo Pantagruel de Francois Rabelais. La novela “No digan que no” (1985), el Segundo premio Colihue de Novela Juvenil sobre dos chicos de trece años que ofician de detectives en un viaje al campo. 

En 1993 su obra de teatro “La fruta de la perdición” sobre la vida cotidiana de tres hermanas y una sobrina, un grotesco de encierro y aislamiento, obtiene el Premio Fondo Nacional de las Artes de Teatro. En Indí, Butti se acerca en tono novelado a la figura del escritor e ingeniero italiano Carlo Emilio Gadda y su estadía en Chaco en los años ´20 del siglo pasado. Es una aproximación a la escritura de Gadda sumando lo local chaqueño y un humor que es desopilante y descontracturado. Esa novela obtiene el Premio Mario de Andrade de la Fundación Nacional de Brasil en 1996. 

Con “Solfeo” publicado por Ediciones Corunda en México, obtiene el Primer Premio Provincial de Narrativa de Santa Fe Alcides Greca en 1999. En el año 2005 obtiene el Primer premio de cuento del Fondo Nacional de las Artes por “La daga latente”. Son nueve cuentos, en parte policiales, fantásticos, humorísticos. 

Los cuentos de “Solfeo” fueron publicados, años después en 2012 en Argentina por la Editorial Fundación Ross de Rosario en una coedición con Tropo Editores. Forman parte de un libro de cuentos que se titula “Santos y desacrosantos”, aproximándose a personas comunes, de vidas cotidianas. En esos cuentos Butti alude a “Ramón, santo patrono de los vendedores al pie de la ruta” o “La Santa de la cocina” o “la enterrada Milagrosa”.   

En otros libros, mantiene la pulsión de la prosa irreverente, pero de un profundo sentido de pertenencia a una región, una naturaleza que la entiende propia y compartida con la gente que conoció. Así, la misteriosa desaparición de una adolescente, joven actriz de reparto de la compañía Gaidi Lucero que representaba una obra en el Teatro Municipal es el eje de “El fantasma del Teatro Municipal”, una novela publicada en 2005.  “El novio” de 2007 es una novela en la que un inspector del Catastro Municipal, con el propósito de relevar metros de construcciones no declaradas por sus propietarios, habla en  primera persona de sus conquistas con encuentros y conflictos que mucho dicen de seres que transcurren una soledad difícil de soportar. Butti ha publicado poemas en “Antifonas. Amor se fue (apelando al poema de Macedonio Fernandez) y Apuntes sobre Proust”, publicado en 2019.

Recientemente, en 2025 “Tangus” fue galardonada con el Premio Literario de la Municipalidad de Santa Fe, en el género Dramaturgia “por su estructura narrativa sólida y dinámica, cuyos personajes muy atractivos se instalan más allá del estereotipo característico del género grotesco, un estilo que esta obra resignifica con inteligencia”, y  “enuncia una idiosincrasia argentina en cada situación dando lugar a la metáfora, a la posibilidad de reflejarnos en un espejo, ofreciéndoles superficie tanto a la reflexión así como al componente emocional” según expresó por unanimidad el jurado.

Butti ha considerado que ser escritor es algo inevitable. Ha dicho en el mencionado reportaje con Gramma: “Yo crecí con la idea -común he comprobado en algunos escritores de generaciones pasadas (los del grupo Sur que llegué a conocer, por ejemplo)- de que ser un escritor no era una profesión, ni siquiera algo digno de encomio, sino más bien una suerte de estigma (…) Un estigma o un bautismo que conviene intentar sacarse revolcándose en el barro”.