
El equilibrio resulta indispensable para ordenar la vida. No solo individual, sino también socialmente. La sinrazón que, muchas veces, mueve las acciones, debilita la percepción y, naturalmente, imposibilita dimensionar los efectos de las mismas.
Por ese motivo, el arte es un eficaz instrumento para analizar comportamientos y transformaciones que se producen en las sociedades y que responden a diversas razones. Permite evaluar si las personas y/o las comunidades en las que éstas se desarrollan articulan convenientemente los intereses comunes y de qué manera las personas pueden aspirar a una mejoría en la calidad de vida.
Hay sociedades que, en función de ideas acordes a una integración comunitaria y adecuada a conceptos humanistas han avanzado en criterios de respeto, valoración y desarrollo personal y social. A veces, aún con el riesgo de eventuales desequilibrios en función de ser comprensivos y progresistas.
Nina Lykke, autora noruega, nació el 17 de junio de 1965 en la ciudad de Trondheim, en la confluencia de dos ríos, el Nid y el Trondheimsfjorden en un fiordo al centro del país. Publicó su primer libro, uno de cuentos, a los 45 años; pero su primera novela, “Estado del malestar” la hizo conocer en todo el mundo. Elin, la protagonista, una médica de más de 50 años (como la propia autora) plantea cuestionamientos profundos respecto a los momentos que atraviesa, tanto ella como el resto de la sociedad, transitando instancias de desánimo, descontento, sujeción a la tecnología, cansancio de la monotonía y una profunda insatisfacción.
Es una sátira, un camelo virtuoso, una crítica social a partir de un “malestar” individual. La modernidad avanza sobre el sentido común y los individuos, agrediendo la templanza y cuestionando al conocimiento. Los pacientes de Elin se auto diagnostican con las páginas de web, los snobs avanzan sobre barrios que antes de su injerencia eran de obreros y a partir de ese avance, se transforman en “exclusivos” y, lógicamente, caros; los jóvenes (y no tan jóvenes) se esfuerzan por parecer especiales, excéntricos y distintos, cuando en realidad son aburridos, toscos e indiferentes con una despreocupación que es lastimosa e hiriente.

Más cercana a una crisis de mediana edad e insatisfacción individual, a partir de deseos inacabables, que a un cuestionamiento del estado de bienestar que indudablemente resuelve muchas de las necesidades de los noruegos, Lykke es mordaz, punzante, a la vez que con fino humor consigue atrapar y evidenciar escollos que en sociedades modernas y evolucionadas existen. El libro fue la obra de ficción más vendida en Noruega y obtuvo el Premio Brage, el galardón más importante del país que se entrega desde 1992 y que, entre otros, en el año 2021 lo recibió el Premio Nobel, Jon Fosse.
Nina Lykke se define progresista, “crecí en una familia muy de izquierdas, mi madre era muy feminista. Mis padres trabajaban. Soy, en cierto modo, hija del feminismo y de la mujer que se incorporó al mundo laboral. Y tuve una infancia muy feliz y mucha libertad”, declaró en un reportaje. Esa definida posición no le impide analizar con dosis de sátira y elucubración de disección social a una generación que se encuentra inmersa en un mundo de cambios velocísimos y, en el caso de las sociedades escandinavas, con enorme sentimiento de frustración.
“No y mil veces no” es la novela que Lykke publicó después de “Estado de malestar”. La sociedad noruega vuelve a ser analizada críticamente por la autora. Ingrid y Jan son los integrantes de una pareja con dos hijos; profesionales, de buena posición. Ingrid se manifiesta preocupada por el vacío de sentimientos que anida en los miembros de la sociedad y Jan se esmera en encontrar la aprobación de los demás. Por otra parte, “Los hijos viven en casa sin aportar nada, y sin embargo invierten en acciones” dice un personaje en el libro, en función de una generación que ha recibido de sus mayores gran parte de la solución de sus necesidades y que mantienen un nivel de despreocupación incesante.
Lykke aborda con mayor incomodidad y disección la relación padres e hijos en su último libro: “¿Dónde están los adultos?” Ida, la protagonista de la novela, es una terapeuta de parejas, de cerca de sesenta años, atravesando su segundo divorcio y con dos hijos. Se encuentra sumida en una depresión (termino que no le agrada a la autora) disimulada por enfados cotidianos e irascibles actitudes.

Ida pertenece a una generación que ha debido adaptarse, no sin dificultad, a profundos cambios en todo el mundo. Se reconoce distante de su madre, a la que no consigue entender, sobre todo porque ella pertenecía a un mundo que ya no existe; su esposo Harald la ha abandonado por otra mujer y no consigue conciliar con Sigurd, su hijo quien, con dosis de manipulación e intimidación afectiva, le impide ver a su nieto. Durante gran parte de la historia, Ida persigue mantener un diálogo, infructuosamente. Sigurd por toda respuesta, ambiguamente, le dice: “rebasas mis límites”, “si tengo que explicártelo, ese es precisamente el problema”, “mi verdad me pertenece” hasta que, cuando Sigurd se ve necesitado le manda un mensaje: “¿Tienes tiempo para charlar un rato?”
En una radiografía de la clase media noruega, pero que en cierta forma podría abarcar a la de otras latitudes, Lykke se interesa por descifrar la razón por la que los lazos familiares se perciben más endebles. El aislamiento es más frecuente. La función paterna y materna está muy cuestionada por los hijos, y se hace un culto de no generar culpa. Se pregunta por “la infantilización completa de todos nosotros, que se ve perfectamente cuando la responsabilidad desaparece. Cuando nadie se hace responsable de nada”.
En un reportaje ha dicho: “vi que, en aras de la igualdad, los hijos, al menos en Noruega, están al mando de una forma descabellada. La autoridad está muy denostada (…) los alumnos mandan sobre los profesores, pueden mostrarse violentos sin que se les pueda responder (…) Soy parte de una generación que ha llegado a la edad en que los hijos rompen el contacto con los padres”.

No obstante Ida, como la propia autora, reconoce las virtudes que tantos años de eficaz manejo el Estado en resguardo del interés social ha conseguido, al decir: “Me consuela saber que en Noruega mantenemos un umbral de pobreza que garantiza una vida que para las generaciones anteriores era poco más que un sueño. La mayoría vivimos como la corte en los palacios de antaño, comemos con tenedor y cuchillo y vajilla de porcelana, llevamos ropa limpia y en condiciones y nos arreglamos frente a un espejo, festejamos los cumpleaños, podemos comer carne tan a menudo como queramos y el sexto y el séptimo día de la semana, los tenemos libres”.
Los conflictos humanos, en esas sociedades, no desaparecen. Permanecen escamoteados mientras crece el narcisismo, la insatisfacción permanente, la realización focalizada en lo individual y una compleja despreocupación colectiva. Es por ello que, aparecen, también en esas sociedades, conductas, muchas veces camufladas y otras tantas escondidas que se apoyan en el desinterés de lo colectivo para proponer ideas agresivas a partir de las contradicciones hipócritas que anidan en un sector de la sociedad.
